El árbol caído
Gerardo Valdivieso Parada
Hace unas semanas una persona preguntaba en su muro del Facebook quién había sido “el imbecil” que le había podado un árbol frente a su casa, un Guayacán que venía cuidando desde hace treinta años. Era el ex presidente municipal y aspirante a la candidatura de Morena para repetir en el cargo, Óscar Cruz, que con el suceso reveló que ya no vive en su casa en Juchitán, sino se hubiera dado cuenta o le avisarían sus vecinos que alguien con una estruendosa motosierra estaba dejando sin ramas su Guayacán, un árbol que da buena sombra pero que crece muy lentamente.
La metáfora del árbol pelón se asemeja a la relación del exsenador juchiteco con su pueblo. Lo gobernó hace treinta años, luego siguió con su vida política fuera de él, volviendo para los encargos de regidor de cultura durante el trienio de Saúl Vicente y Secretario Municipal durante el bienio de Gloria Sánchez. En los últimos años se ha mantenido fuera y de pronto ha sentido el llamado para encabezar los destinos de su pueblo por segunda vez. Pero son otros los tiempos. La opinión pública ya no quiere nada con dirigentes de la COCEI. Aunque habla cómo sino hubiera sido parte de la descomposición de los gobiernos emanados o herederos de la COCEI. Su grupo político cobró en cada administración en la nómina municipal: Miguel Quetu les dio acceso a la nómina municipal a su grupo de “trabajadores”, luego de castigarlos unos meses cuando no fueron sus aliados en la jornada en que fue electo.
El exmunicicipe se enorgullece de las obras realizadas durante su trienio, sin mencionar que se benefició por extensión del pacto que hicieron con el presidente Carlos Salinas para que lo recibieran en Juchitán y por el que fluyeron los recursos. Sin contar que le tocó un Ayuntamiento que no estaba engordado de aviadores, un gobierno ágil comparado con los últimos Ayuntamientos que destinaron millones de pesos a pagar compromisos políticos a los grupos que los llevaron al poder, entre ellos su propio grupo político. Sin embargo hay que reconocerle su sensibilidad con la cultura y el arte: la develación de obras monumentales de artistas juchitecos consumados cómo Moisés Cabrera y emergentes como Victor Cha’ca, que le dieron rostro a la ciudad; la construcción de una biblioteca en pleno centro.
Pero son otros los tiempos. Los años en vez de añejarlo y darle un buen buqué como los buenos vinos lo han agriado, volviéndolo un viejo cascarrabias. Para prueba habría de recordar cómo se comportó cuando tuvo un pedacito de poder como secretario municipal en 2017-2018: intolerante, soberbio y anticuado que trastabillaba de coraje ante cualquier crítica. Un expresidente de la COCEI decía de él y Héctor Sánchez que les costaba dejar el poder. Ya es tiempo que se empiecen a acostumbrar, a estar fuera de él antes que le suceda lo que él árbol frente a su casa: que una nueva generación lo trasquile.
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