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La noche del 7 y la devastación que nos descubrió el 8 de septiembre

La noche del 7 y la devastación que nos descubrió el 8 de septiembre

Gerardo Valdivieso Parada

Las ceremonias de la conmemoración del terremoto del 7 septiembre de 2017 se realizan de forma errática, muy temprano, en la mañana, tal vez porque los funcionarios tienen una agenda muy ocupada el resto del día. A primeras horas de la mañana del 7, nadie tenía idea de que iba moverse la tierra de forma tan estruendosa muchas horas después, unos diez minutos antes de la medianoche, ya casi al otro día, ya cuando la mayoría dormía. Recuerdo unos meses antes habernos encontrado en el callejón de la casa de Gabina Be’te en la Quinta Sección, Víctor Cata y yo, a na Marcelina Cerqueda con un grupo de personas mayores, la anciana nos dijo preocupada que venían a orar porque se venía un gran terremoto para Juchitán y esperaban poder atenuarlo. Lo tomamos como una noticia improbable y lejana y seguimos nuestro camino olvidándolo apenas llegar a la calle.

Ese 7 de septiembre cayó un jueves, un día como cualquiera, un día de trabajo, la ciudad marchó normal en su agitadísima vida comercial. Apenas en agosto había entrado al periódico Noticias de Oaxaca, con mi cámara había recorrido el centro y había escrito mis tres notas exigidas, redactadas luego en la oficina que me había asignado el periódico Esta Mañana, ubicada sobre 5 de septiembre. Cumplida la jornada del día, me encontraba iniciando la jornada etílica con dos amigos: José Michi dueño del bar “33 de blue” y Luis dueño del bar “Zocalo”, ambos negocios estaban ubicadas en pleno centro, las dos se albergaban en casas vernáculas de techos de tejas, las dos quedaron inhabitables; uno quedó como un patio baldío, como varios en el centro de la ciudad y el otro sigue en ruinas. Faltaban unos minutos para la media noche, estábamos acabando en el Zócalo, éramos los únicos parados en la barra, mientras los dos meseros se encargaban de cerrar las cuentas y disponer todo para el inminente cierre ya que no había clientes que las abarrotaban los fines de semana.

Al inicio fue leve como anunciando su llegada, “está temblando” dije y caminé calmadamente hacia la calle, apenas había abandonado la puerta del bar cuando se dio el sacudimiento bárbaro, mis dos acompañantes se quedaron en el quicio de la puerta, mientras veía que del techo se caían las tejas y se hacían añicos en el piso, como cuando se vierte el cereal en plato de leche. Fueron los segundo más largos de toda mi vida, sentí por fin el terror sagrado de la tierra que dicen el budismo tibetano que se siente al morir, el vaho de muerte de la tierra nos sacudía e insistía en tirarme al suelo, para abrazar la tierra el final de nuestros huesos. Si viviera mi tía abuela, la bidxaa, se estaría revolcando gustosa de recibir la energía que desprende el mundo, como un estruendoso pedo. Por más que mi entendimiento trataba de convencerme que era un efecto pasajero de la tierra, que se reducía a un pedazo mínimo de la tierra, seguramente en otros latitudes brindaban, dormían, hacían el amor, me inundaban el terror y realmente llegué a pensar que era el fin de todo porque aquello no parecía tener fin, fueron cuatro, eternos, larguísimos, demasiados cuatro minutos.

La batería de mi cámara se había agotado, así solo atiné a ver mi oficina y levantar las computadoras caídas al piso y luego me fui a casa, en el camino la gente estaba volcada en la calle abrazándose, llorando o estrechándose las manos del nerviosismo casi rogando. No había luz, no se podía comunicar por celular. La casa quedó severamente dañada, entré a lo que fue taller de imprenta y hogar de mi niñez para ver las enormes grietas, por las heridas del hogar se podía ver al otro lado. Apenas mi madre me vio empezó a llorar, no hubo necesidad de repetirme lo que yo también había sentido minutos antes. Me subí al segundo piso de la casa, no dormí en mi cuarto sino afuera donde cuelgan la ropa y cuelga también una hamaca. Llovía. Traté de dormir despertándome a cada réplica. No me percaté que al mismo tiempo la gente se reunía frente a palacio que se había derrumbado su parte sur con un policía sepultado bajo sus escombros. Que en el hospital general Macedonio Benítez Fuentes habían desalojado a todos sus enfermos para instalarlos en el patio cercano frente a la clínica del IMSS y que en pleno terremoto se realizaba una cirugía. Que enfrente de donde nos agarró el temblor, en el bar Jardín, se había desplomado el techo y se trataba exasperadamente de rescatar los cuerpos sin vida de los comensales, que en pos de los suyos habían intentado cruzar la casa para salir a la calle y le habían caído los murillos, Que en la Quinta Sección habían muerto parejas de matrimonios abrazados, ancianos, niños, que los padres había perdida todas las uñas para tratar de salvarles la vida, inútilmente. Todo esto sucedía ya el 8 de septiembre, descubriríamos todo el desastre apenas el sol en sus primeros rayos nos descubriría la escena

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