La aparición
Gerardo Valdivieso Parada
Apareció de pronto en una mañana soleada de domingo, anunciándose con su flauta de carrizo de tres agujeros, su tamborilete sostenido con el dedo meñique de la mano que modulaba los sonidos del flautín y con la otra lo golpeaba con un palillo. Lo vi desde el patio de la casa danzando en la que hacían encrucijada los caminos, llevaba un pequeño penacho, una capa de rey o de príncipe de antiguos imperios ya olvidados, una camisa de manta blanca, pantalones holgados blancos y en sus pies hacía sonar con cada paso los ayoyotes anudados a sus tobillos.
Era un hombre grande, su pelo y su bigote estaban invadidos por las canas, por lo que ejecutaba su danza con cierta parsimonia, al golpear con sus pies el suelo polvoso y los giros que hacía abombar la larga capa azul cielo con bordes dorados. Me remitía a aquellos viejos sacerdotes que escapaban de la masacre del Templo Mayor donde danzaban para celebrar la fiesta de la veintena, como vi en el mural impreso en mi libro de primaria, que tanto me entristecía. El sonecillo que repetía una y otra vez, no tenía parecido a los sones de la región, una música que tal vez se oyó hace muchos siglos acompañando a alguna expedición guerrera. En su solitaria danza, nadie salió a verlo, ni a darle una moneda, realizó su acto y siguió su camino, no vi si llamó a las casas a pedir alguna moneda.
Siguió caminando haciendo sonar sus cascabeles, repitiendo la danza en cada esquina. Con el paso de los años me pregunto sino fue aquello un sueño de niño, un engaño de la memoria, pero recuerdo también que caminando hacia la casa de mi abuela, vi a aquél príncipe viejo sentado con los bebedores de mezcal, compartía con ellos la copa, con su penacho, su capa de noble, sus pantalones holgado y sus ayoyotes anudados a los tobillos, recuerdo que le hablaban ¿pero cómo se entendían? si aquellos apenas si balbuceaban alguna palabra en castellano y él no supe si hablaba una lengua nacional, aunque respondía quien sabe en qué lenguaje.
Así como vino con su música en la boca, las manos y los tobillos, se fue para no volver, tal vez siguió recorriendo más pueblos como una especie de manda que cumplir, para luego regresar al pueblo de donde era originario. Quién sabe si le esperaban una esposa, hijos, nietos. Siempre me asalta la película del recuerdo de su danza en la encrucijada de los caminos junto a un puente que hoy ya no existe, y siempre me pregunto sino fue un sueño de niño, un engaño de la memoria.
Mural de Desiderio Hernández Xochitiotzin
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