Hebert Rasgado, en sus 65 años
Gerardo Valdivieso Parada
Cuando amenizaba en el bar Ra Bacheeza tuvo un desencuentro con el gremio de los guitarristas que concurrían diariamente a los bares de la ciudad. Se quejó públicamente que el sindicato le exigía plegarse a sus reglas, a lo que él se negó. Extinguidos casi, los guitarristas y trios se fueron junto con aquellos bares y cantinas. En su lugar han quedado algunos cantantes que no ocupan ningún instrumento, salvo bocinas con música grabada, que se conforman con pasar por unas monedas en las mesas. Reaniman el conjunto de músicos profesionales, nuevos guitarristas y ejecutantes del bajo sexto y el acordeón con el repertorio de música norteña.
De los que deambularon con su guitarra, dejaron huella los que grabaron discos y casetes, como el trío Xavizende o Los Andariegos cuyos últimos integrantes mantienen la tradición de la bohemia y en la memoria las canciones de la vieja trova zapoteca.
Volviendo a Hebert Rasgado, ofreció su canto en varios bares del centro de la ciudad de Juchitán como el bar Jardín. Se ubicaba en el corredor de la vieja casona en la parte norte. Por la tarde-noche ubicaba su equipo de sonido y los aparatos que ambientaban o acompañaban las piezas que interpretaba con su guitarra. Recuerdo haberlo ido a escuchar en sus últimas presentaciones en la compañía de Jesús Urbieta Palizada los fines de semana, luego de terminar nuestra jornada y recibir nuestra raya en el periódico Tiempo del Istmo. Iniciaba como reportero y Chu Huiini’ como como monero, éramos como dijera el padrino del artista plástico, Macario Matus, asquerosamente jóvenes. Hebert cómo buen lector del interdiario, mandaba saludos a “Ta Sincerín” uno de los personajes de la caricatura del joven dibujante.
Fue un músico completo, lo mismo ejecutaba la guitarra clásica como la flauta transversal, las percusiones, hasta realizar arreglos de las canciones de otros compositores, ya que había realizado estudios en la Escuela de Bellas Artes de Oaxaca, además, como maestro de flauta y piano en la Casa de la Cultura recibió talleres de actualización con los maestros de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Oaxaca. A propósito de su virtuosismo y depurada técnica, escuché alguna vez que de los compromisos que hacía con los socios y mayordomos de las velas en la Ciudad de México, para que fuera a tocar los sones autóctonos en la flauta de carrizo, el tambor rústico de madera y el caparazón de tortuga, en una ocasión un paisano adinerado los había contratado para tal caso. Terminando el compromiso de la fiesta en donde amenizó una gran orquesta de la ciudad, el hombre los llevó a su residencia. Luego de dejarlos en la sala para irse a cambiar de ropa, ya solos nuestro trovador y su tamborista que era en esa ocasión Guillermo Meza, se percataron que había un piano en la estancia y como el paisano se tardaba, se pusieron a perder el tiempo a tocarlo. Ambos personajes -que ya abandonaron este mundo- tocaban el piano con tal maestría que su anfitrión bajó apresuradamente para saber quiénes tocaban su piano de cola las piexas clásicas a cuatro manos. Al descubrir que eran aquellos dos jóvenes vestidos de blanco con paliacates rojos anudados al cuello, les dijo con gran sorpresa que los había menospreciado por ejecutar instrumentos, en apariencia, tan rústicos, “y resultaron mejores músicos que cualquiera de los integrantes de la orquesta”.
Fotografía tomada del muro de Son Gubidxa.
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