Luis Ángel el niño que terminó deshecho en un mundo de violencia
Gerardo Valdivieso Parada
Más allá de sacrificar su tiempo para la tarea o para el juego, que es a lo que debe estar distraído todo niño, Luis Ángel tenía tras sus espaldas, además de la bolsa de frituras, un ambiente de violencia y dolor. Según reportes de la nota roja, su padre había sido asesinado unos meses antes, luego de una persecución. Luis Ángel, como muchos niños de Juchitán, habrá visto entrar el cadáver de su padre entrar a la casa, habrá escuchado, azorado, tembloroso, las lamentaciones, los rictus de dolor de su madre y de sus familiares. Su corazón de niño, tan cercano a la luz del nacimiento, a la calma del vientre materno, ya estaba marinado en el dolor. La violencia que se pasea por las calles que caminó, por las cantinas que ofreció sus frituras, lo encontraría a la puerta de su casa. Después de su jornada de trabajo arduo, de cumplir con la cuota, en un momento de juego, sacándole unos minutos a la noche, aprovechando a sus amigos, pues debería estar durmiendo para despertarse temprano para ir a la escuela, riendo, vino otra vez la violencia y la muerte hacia su cuerpo enjuto. Ahora las lamentaciones eran para él. Aún un cuerpo de mujer trató de protegerlo, su frágil cuerpecito sucumbió a las balas.
Han salido las voces oficiales a repetir con los niños no. Pero son los que sufren más hondamente la violencia, cuando son seres tiernos y frágiles, perceptibles al sufrimiento. Cuántos niños han visto a sus padres entrar muertos a sus casas, ensangrentados, cuántos han visto desquebrajarse sus madres en el dolor, devastadas, expuestas, caídas, ellos que necesitan protección materna y sostén, no pueden hacer nada ante el estremecimiento y vorágine del dolor. Los niños de Juchitán, no merecen acudir al sepelio de sus compañeritos de escuela, no merecen ver huellas de sangre en el piso por dónde pasan y juegan, ni el estremecimiento de las balas, en sus calles, a lado de sus casas.
Ahora salen con que la responsabilidad es de la sociedad. Si no son nuestras autoridades los que alzaron el dedo, dieron el paso hacia enfrente y prometieron, tan fácilmente como se dice en sus discursos, la paz.
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