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Jesús Urbieta, el adiós hace 29 años

Jesús Urbieta, el adiós hace 29 años

Gerardo Valdivieso Parada

Juchitán, Oax.- De las rosas blancas que repartía la poeta durante el cortejo fúnebre me tocó la mas diminuta, era un honor, porque estaban destinadas a los amigos, a la llamada comunidad cultural. Fue realmente un día de duelo, que puso de luto a todos los pintores, a los poetas, a los escritores, a los que tenían que ver algo con la cultura. Acudíamos a dejar los restos del pintor Jesús Urbieta “Chu Huiini’” al panteón.

El entierro coincidió con el aniversario de la Casa de la Cultura si mal no recuerdo, de ahí partimos, los pintores se organizaron para cargar el ataúd luego de salir del recinto. Su tumba está a un costado de la entrada principal del panteón Domingo de Ramos.

Juchitán se puso de luto. Hasta los ricos de la ciudad, lo lamentaron. Fue tal su fama, luego de ganar la paleta de oro allá en las Europas. Un viejo médico, de esos que cobraban caro, se dedicó a regañar a sus amigos por haberlo matado, de dejarlo morir en el alcohol, como si fuera un bien nacional, como si fuera de ellos, al que no hicieron caso cuando no era nadie.

Ya no pudo inaugurar la exposición individual en el Museo de Arte Moderno (MAM) el motivo porque se fue a la tumba. Trabajo, sexo, alcohol y drogas, todo al mismo tiempo y a toda máquina. Pintaba como poseso para llenar las salas del MAM y para aplacar la angustia que le causaba no llenar el recinto, no dar el ancho, es decir no triunfar, no convencer a los críticos, se refugiaba en el alcohol y lo que sigue. El reto era grande porque antes de él la había llenado Rufino Tamayo, Francisco Toledo, y los dos Rodolfos, Morales y Nieto. La inauguración se hizo postmorten y como no le alcanzó la vida para llenar el MAM se tuvo que echar mano a otras colecciones. Acudí a ver la exposición organizada por Teresa del Conde, la entonces directora del MAM, no sé si con Macario o Delfino caminamos por el recinto admirando sus obras de gran formato.

Como era amigo de mi papá, iba recurrentemente a la casa-imprenta-taller familiar. En una reducida prensa de mano, se imprimió su primer poemario “Siempre en llamas” editado dentro de la colección Tortuga Transparente. Él mismo se encargó de la portada con elementos que había sobre la mesa del taller, el formato de unos boletos de camión de la UCIRI y un cliché grande de la cabeza zapoteca del logo de la Casa de la Cultura en rojo y negro. Era un genio. Por supuesto que también se tomaba sus tragos en el taller e incluso se quedó alguna vez a dormir en casa. El primer recuerdo de niño de él es calzándose los calcetines todo crudo. La última vez que visitó el taller, ya era un artista famoso. Como ya no era casa sólo taller, mi padre mandó a hornear “bela doo” con la vecina con tortillas salidas del mismo lugar, para agasajarlo.

Visité su casa alguna vez en la colonia Juárez y quedé admirado de su biblioteca de grandes autores. Parece que parte de esos libros fueron a dar a la biblioteca que lleva su nombre en la colonia Gustavo Pineda. Nunca vi algunos de ellos en los estantes, seguramente están todavía en cajas. Un buen lugar, porque actualmente nadie va a leer a las bibliotecas, van a chismear, a dar clases de matemáticas, para pequeñas asambleas de maestros, para echar novio, o platicar, todo para distorsionar el silencio que se necesita en una biblioteca.

Además de lector, poeta, novelista y pintor, fue filántropo, fundó el premio “Guiexhuba’ de oro” que otorgó a personas destacadas de la región, y con la fundación del mismo nombre editó libros y casetes de música, entre ellos uno de él cantando con guitarra. De niño nunca me gustó su voz, aun cuando en el taller mi papá lo ponía varias veces, le gustaba “Vendaval sin rumbo” (yo lo prefiero con Ceelio González), con el tiempo he descubierto a mucha gente que es fan de Jesús Urbieta cantante, que igual ponían a sus hijos a sufrir al ponerlo varias veces en el auto.

De sus andares en la Ciudad de México me contaba Macario Matus, en el Salón Palacio, cantina de periodistas. Crítico de arte y pintor, fueron cómplices en varios proyectos, como la de convencer al senador Daniel López Nelio de fundar la primera universidad indígena en Juchitán, un proyecto que quedó a la deriva gracias a “la maestra Canuta” que lo desvirtuó y la mandó a Toluca.

Nos legó su gran obra, deslumbrante, un mundo de seres, animales, moluscos, raíces, envueltos en tierras, en colores, que dominó como pocos a sus 36 años, extendiéndose un año de la edad de Cristo

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