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Los juchitecos en Esquipulas, la tradición ancestral de visitar al Cristo Negro

Los juchitecos en Esquipulas, la tradición ancestral de visitar al Cristo Negro

Gerardo Valdivieso Parada

Juchitán, Oax.- Una costumbre ancestral de los pueblos zapotecos de la región del istmo es la peregrinación a Esquipulas para visitar el santuario del Cristo Negro de esa ciudad guatemalteca, una tradición heredada de generaciones, desde los antepasados que hacían el trayecto de cuatro meses en sus carretas hasta los que alquilan autobuses especiales que llegan en un día.

La ida al santuario no sólo representa ahorrar para emprender el viaje, en el pasado los zapotecos se apoyaban en el sustento colectivo de sus familiares, amigos, vecinos y el pueblo. Desde un mes antes, en diciembre, acudían de casa en casa para pedir “socorro para santuario”.

Esta práctica que se ha perdido con el tiempo, era requisito indispensable para pedirle algún favor al Cristo, el recorrer el pueblo pidiendo limosna aun cuando se tuviera la capacidad económica de pagarse el viaje, aunque algunas personas eran ya identificadas por hacerlo cada año.

Hubo un tiempo que había personas que se paraban a la puerta de los bancos para ahorrase los trabajos de recorrer las calles con la jícara en la mano eludiendo la costumbre, una práctica casi penitente por andar caminando en el sol, acción que recibía la solidaridad de los vecinos que no sólo aportaban su apoyo, sino también ofrecían al que pedía el socorro un descanso o algo para beber.

Jesús López Sánchez ya ha ido muchas ocasiones al santuario de Esquipulas. La costumbre le viene de familia, desde que su abuela Laura Sánchez Jiménez “Na Laura Huiini’” lo llevó consigo a la peregrinación cuando tenía once años. El viaje se hacía en tren, un recorrido de tres días.

La abuela fue 35 años seguidos a Esquipulas, en cada viaje se hacía acompañar de hijos y nietos, con tal de inculcarle a su parentela la devoción al Cristo Negro, para que ya de adultos pudieran seguir con esta tradición.

Jesús recuerda que el viaje que iniciaba en tren duraba tres días, un viaje inolvidable como pasajeros de este antiguo medio de transporte, por el ambiente tan distinto a los modernos autobuses y los paisajes:

“De Juchitán a Tapachula eran 12 horas, descansábamos para luego tomar un carro a Suchiate, en esta población abordábamos otra vez el tren hasta llegar a Guatemala, pasábamos la noche en la ciudad para luego tomar un viejo autobús para llegar a Esquipulas”.

Rememora que en esa época se seguían ciertos momentos previos para partir a la peregrinación, como una especie de purificación:

“Tenían que ir a confesarse un día antes a la iglesia, en la noche a la hora del velorio acudían a la iglesia a escuchar misa, se invitaba a los vecinos para que acompañaran a los peregrinos al velorio, acudían en su mayoría mujeres que entregaban ‘un presentito’ para que se apoyaran en el viaje y la estancia. Al día siguiente te acompañaban hasta la estación del tren”.

Los primeros días de enero los peregrinos emprendían el viaje para quedarse hasta dos semanas en la ciudad guatemalteca y regresaban unos días después del 15, igualmente eran recibidos con rezos e incienso apenas bajaban del tren y eran conducidos en procesión a la iglesia y luego a sus casas.

El día del regreso, los familiares ya habían preparado tamales y los vecinos y amigos acudían al domicilio del peregrino para dar otra vez su óbolo, recibían en compensación pequeñas imágenes y recuerdos traídos de Esquipulas.

En Esquipulas no sólo traían consigo una imagen de buen tamaño del Cristo Negro, “mi madre tiene un Cristo Negro, que tiene en casa los mismos años que tengo de edad”, sino también aprovechaban el viaje para adquirir con los artesanos de Guatemala otras imágenes religiosas “mi hermano gemelo heredó una imagen de bulto de San Vicente, que muy poco tiene en Juchitán”.

La presencia de los zapotecos en Esquipulas reunía a todos los pueblos y lugares del Istmo hasta los que residían en las ciudades veracruzanas de Coatzacoalcos y Minatitlán, todos aprovechan la confluencia en Esquipulas para realizar una fiesta antes de regresar a sus respectivos destinos, recuerda Jesús.

Los peregrinos de San Blas “que eran muy unidos” inauguraron realizar sus propias festividades en Esquipulas con mayordomos y capitanes, que imitaron otros pueblos como Juchitán que recorrían con sus estandartes las calles de la ciudad colonial y tenían sus capitanes, “Armando Cano ‘Mandu’ Muxe’ fue por muchos años capitán” recuerda.

José Manuel Martínez visitó Esquipulas en plan de vacacionar más que por una manda, se trasladó en un autobús que se rentó para el traslado que se tardó un poco más de un día, bajándose para tomar alimentos y estirar los pies.

En la frontera solamente tenía que presentar su pasaporte para ingresar al país vecino hospedándose en un hotel a lo largo de una semana, en una ciudad más o menos grande con una iglesia impresionante y con visitas a la cueva que se ubica a cierta distancia de la población.

A diferencia de José, sus paisanas que ya tenían la costumbre de acudir cada año, ya tenían casas en donde recibir alojamiento, todas ellas cargaban con sus propios alimentos, el itacate tradicional istmeño: totopo, queso seco, camarones.

Algunas instalaban sus fogones en donde ofrecían a sus mismos paisanos la comida de la región como pollo garnachero, tlayudas, garnachas; incluso se pueden adquirir los antojitos locales como las botanas de las fiestas, “es como si un pedazo de Juchitán se trasladara allá, se llevan todo, como una representación”, recuerda José.

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