La enseñanza de San Vicente a Virgilio Maní
Gerardo Valdivieso Parada
Vaquero de pies descalzos, con una soga desgastada, va tras el cerdo negro que no se deja atrapar, es Virgilio Maní que ríe mientras corre tras la presa entre matorrales, entre las casas. Avienta la soga que se deshace a los pies del animal, ríe a carcajadas Virgilio Maní mostrando sus blancos dientes, que resplandecen en su rostro moreno, mientras los niños corren con él como si fuera un cerdo encebado.
Entre los niños corre Vicente divertido, él y sus amiguitos cortan las veredas para encontrase de frente con el animal, para espantarlo y vire hacia Virgilio para que le aviente la soga, que nunca atina. Cansadísimos sus compañeros le piden a Vicente que acabe con el juego, aunque para Virgilio es algo serio. De su loca carrera de pronto el cerdo para, y sin presentirlo sus compañeros, el niño Vicente ya le acaricia la panza al animal que apacentado se tira para seguir disfrutando de la caricia, para que el negro Virgilio le amarre las patas.
El joven y vigoroso Virgilio ríe mientras, como si fuera un costal de mazorcas, carga al gran ejemplar sobre su espalda para llevarlo a su sacrificio. El joven recompensará a sus amiguitos de alguna manera, ya que les regalé los frutos especiales de la huerta familiar que su padre no permite que los niños se acerquen a cortar, o les comparta lo que le obsequie la patrona, pan o cocadas.
Virgilio ríe siempre, ríe cuando se burlan de su color de piel los hombres de la esquina y las mujeres en los tequios cuando se encarga de llevar el agua. Sus dientes blanquísimos y sus músculos de mancebo, no llaman la atención de las doncellas que lo rechazan. Virgilio que no conoció a su madre, pero tiene un padre severo que le prohibió llorar, por eso ríe como defensa, pero en el fondo acumula un gran pesar por no poder llorar.
“No lloré ni cuando murió mi madre” le decía Don Yermo, que no fue criado por su madre sino por su abuela que a la vez le prohibió llorar. “Aunque mis tías me alentaron a que llorara, yo no lloré, me aguanté como un hombre” le recordaba a su único hijo, que de todos modos ya se había olvidado de cómo llorar, si es que alguna vez lo hizo.
Ahogado en sus penas, en las primeras horas de la madrugada aun oscura, cuando su padre ya había enfilado al campo, Virgilio miró la soga deshilachada de su oficio. Tanto desprecio, tanta soledad le llamaba a la muerte.
Entonces apareció el niño Vicente, que conocedor de las penas más profundas del hombre, ya sopesaba las penas de su amigo Chío y de su decisión final. El niño lo invitó a jugar y sin ser la hora, pues aún faltaba para que saliera el sol, a adivinar el canto de los pájaros. Vicente le dijo que la naturaleza también se queja y los pájaros que al parecer cantan animadas, también se lamentan. De pronto un pájaro repetía insistentemente un gorjeo. “Pon atención, ¿dime qué dice?” le pidió el niñoy Virgilio poniendo atención a la insistencia del pájaro sudó frío al comprender el lenguaje, y repitió lo que decía el pájaro en la lengua de sus ancestros:
“Ruuna’, rietenaladxe´ dxi guti jñaa, ruuna’, rietenaldxe dxi guti jñaa” (lloro, recuerdo el día en que mi madre partió)
Entonces algo se removió en el corazón de Virgilio Maní y empezó a llorar.
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