El decano del periodismo istmeño, Armando Santibáñez cumple 80 años
El sargento primero, Armando Santibáñez Olivera, estaba montado en una patrulla militar el 10 de junio de 1971, día de Corpus Christi, como parte del batallón de tropa y administración. Había sido llamado a armas. Para su fortuna, no pasó de ponerse el casco, el chaleco y cargar el rifle, cuando fue cancelada su participación en aquella manifestación estudiantil que fue sofocada por otros medios.
Aunque como parte del ejército, realizaba sus ejercicios periódicos (tal vez de ahí le venga todavía el hábito de levantarse a temprana hora para hacer ejercicio, sin faltar ningún día), en realidad Armando Santibáñez nunca disparó arma alguna contra nadie. Era escribiente de tercera en el departamento cartográfico de la Secretaría de la Defensa Nacional, en donde laboró de 1970 a 1974. Aparte de aquel día funesto, dos veces más cargó el fusil al hombro, en el desfile del 16 de septiembre de 1970 marchando frente a palacio, siendo presidente de la república Gustavo Díaz Ordaz; y en 1971 girando el rostro hacia Luis Echeverría Álvarez.
Había llegado a la ciudad de México el año anterior, 1969, animado por un amigo, Faustino Vásquez López, que le aseguró el pago de la renta y manutención por tres meses en una casa ubicada en la Primera Cerrada de Lago Zirahuén, en la colonia Anáhuac, atendida por dos paisanas de Juchitán: Na Fina Dendxu’ y Na Reye Mono.
Para aliviar a su amigo el gasto, visitó a el exgobernador de Oaxaca, Rodolfo Brena Torres, en su despacho de abogados, quién le prometió un apoyo periódico hasta que pudiera conseguir un empleo. Comunicó a Faustino el apoyo que recién había conseguido, quien lo felicitó, pero mantuvo su palabra de pagarle los tres meses prometidos. Mantuvo unos meses de “vagancia” en la ciudad, hasta que fue a dar a la SEDENA, en donde consiguió empleo al caerle bien a su jefe administrativo, Luis Aguilar “El gallo”, a quien prometió enseñarle el zapoteco y reía de buena gana de sus chistes, al contrario de sus paisanos juchitecos: Octavio y Delfino. Durante su estancia de 5 años en el ejército, pasó de cabo a sargento primero. Durante esos años y el resto del tiempo que vivió en la ciudad, los fines de semana eran de juergas con los paisanos radicados en la ciudad de México, que llegó después a consolidarse en una vela istmeña.
Un día, decidió abandonar su puesto administrativo porque no había forma de ascender y decidió buscar empleo en la iniciativa privada. A través de varias agencias de empleo, consiguió varios trabajos como capturista y archivista, hasta que llegó a laborar en una empresa constructora e inmobiliaria JC S.A., en donde laboró por 11 años, pasando de la secretaría del área técnica a ser asistente de los dueños. Es el tiempo dorado de Santibáñez en la capital: tenía un buen sueldo, rentaba un tranquilo, cómodo y alfombrado departamento con un frigo bar. Recuerda sus idas al beisbol a un estadio cerca de su casa, en donde compartía con sus paisanos tinas repletas de botellas de cerveza; las idas a restaurantes, bares y cantinas de la ciudad, en donde hizo cantidad de amigos por su trato y su afición a “hacer gente” a los extraños.
A finales de 1986, una pareja le ofreció trabajar en un proyecto en Juchitán. A pesar del ruego de sus jefes de no renunciar, abandonó aquella empresa en donde fue feliz y se movía como pez en el agua. Aún derrama lágrimas cuando recuerda aquellos años dorados y más cuando aquel proyecto prometido resultó ficticio. Por alguna razón que desconoce ya no se animó a regresar a la ciudad. Entró en una depresión que sólo lo sacaron sus vecinos, al animarlo a volver a su antiguo oficio, el del periodismo, fue entonces que fundó el semanario Enlace de Oaxaca.
Los inicios de Armando Santibáñez en el periodismo están ligados a la iglesia. En 1961, siendo acólito en la parroquia de San Vicente Ferrer, el párroco Nicolás Vichido Rito, fundó el periódico “Istmo” con la “t” inclinada en forma de cruz. El joven adolescente, de 16 años que era Armando, participaba en armar la edición del periódico mensual antes de ser mandado a la imprenta y luego en su distribución, en 5 ediciones que duró el proyecto. Unos años después, siendo el padre Vichido vicario de la diócesis de Tehuantepec y obispo Jesús Clemente Alba Palacios, se inició un gran proyecto editorial, la creación del diario “Trópico”, que se imprimía de lunes a viernes, en un taller ubicado en el barrio Laborío, que contaba con un linotipo de prensa plana. El equipo de reporteros lo conformaron siete jóvenes recién egresados de la escuela Carlos Septién García. Armando se encargó de la oficina del periódico que duró solamente 11 meses, luego de enfrentar problemas para sostener económicamente el diario, imprimiendo su último número en noviembre de 1965. Santibáñez se mantuvo como jefe de la oficina del taller, que ya sólo imprimía trabajos particulares.
Ante el hueco que había dejado el diario Trópico, en Juchitán se vendían de 450 a 500 ejemplares, los trabajadores del taller animaron a Santibáñez a sacar su propio periódico. Así nació el periódico “El Satélite” en febrero de 1966, que se imprimió durante un año en el taller de Laborío. Después se imprimió en los talleres de El Sol del Istmo de Pedro Morales en salina Cruz a lo largo de dos años. Para 1967 se imprimía en el taller de Gabriel Chiñas en Juchitán. En octubre de 1968, Santibáñez transfirió los derechos del periódico a Taurino Gómez Cruz, con quien siguió colaborando y encargándose de la impresión del periódico. Para esta época tenía que trasladarse a Tuxtla Gutiérrez, en donde estaba el taller de Don Laco, padre del escritor Eraclio Zepeda, en donde se imprimía el periódico, entre los empleados de la imprenta identificó al poeta Guillermo Coutiño Archila.
Por el reclamo de sus padres, al ver su vida disipada en las cantinas no sólo de Juchitán sino también de Tehuantepec, le llevaron a emprender la odisea en la gran ciudad que ya contamos.
Hoy cumple Armando Santibáñez Olivera 80 años, de los cuales 65 lleva dedicado al periodismo, porque en realidad nunca lo abandonó aun cuando tuvo otros empleos ajenos. Ha cambiado sus hábitos etílicos, pero mantiene la vida bohemia y sigue practicando el deporte de hacer amigos, y por supuesto se mantiene activo en el oficio reporteril. Asegura que su abuela materna Na Chabé Yenchu llegó a los 102 años. Hacia allá va
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